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Max Esquivel Faerrón: «La democracia requiere de sus ciudadanos para funcionar adecuadamente»

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Discurso del Magistrado Max Alberto Esquivel Faerrón en el evento de lanzamiento público de la Incubadora de Liderazgos +Costa Rica

Nos honra muchísimo que hayan escogido la sede de nuestro organismo electoral para presentar públicamente +Costa Rica, una iniciativa cuya pertinencia no puede exagerarse. Una iniciativa que nace de recordar algo que nunca debimos haber olvidado: que la forma de organización de la vida en común por la que hemos optado, la democracia, es la que más depende de sus ciudadanos para funcionar adecuadamente; que los conocimientos y habilidades que una persona requiere para comportarse como un ciudadano no son innatas, sino que deben cultivarse; y que en nuestras sociedades complejas es conveniente, aún más, es imprescindible, que algunos de sus miembros se dediquen de manera profesional, o sea, habitual, principal y especializadamente, a las labores políticas.

Esto, que es tan obvio, tan razonable y comprensible con solo que le prestemos unos minutos de reflexión, pareciera habérsenos olvidado. En muchos países, en cuenta Costa Rica, la democracia, como concepto, goza de gran aceptación, pero la política, como ocupación, está cubierta del peor estigma. Me refiero al clima de opinión mayoritario, reproducido y alentado por la prensa y por los propios políticos, según el cual los políticos son todos iguales, corruptos, incompetentes y alejados del pueblo. Un discurso que intoxica el debate público, erosiona la confianza de los ciudadanos en sus autoridades y disuade a muchísima gente buena y talentosa de dar el paso al frente y asumir una responsabilidad pública o hacer una carrera política.

La tradición antipolítica es la historia de un absurdo, en el que la comunidad se procura a sí misma un daño mortal: se auto-inflige una amputación de sus facultades colectivas que le permitirían actuar en su propia defensa y provecho. Porque solamente mediante la política esa comunidad puede gestionar y resolver pacíficamente sus diferencias y enfrentar colectivamente sus desafíos comunes.

La política es la única actividad mediante la cual podemos solucionar el dilema que supone nuestra necesidad y deseo de vivir juntos, pero conservando nuestra pluralidad y libertad de pensar diferente y tener intereses distintos e incluso contrapuestos. Un arte, un saber hacer, una actividad, que es irremplazable. Ni la economía, ni el derecho, la sustituyen. No basta que la riqueza de una comunidad crezca para que se disuelvan los conflictos entre sus miembros. Tampoco es suficiente un diseño normativo justo para superar esas diferencias, entre otras cosas porque la concreción de qué es justo en diversas circunstancias es algo en lo que no siempre vamos a coincidir. Ni siquiera las elecciones sustituyen a la política, porque más que vencedores y vencidos por el favor popular, los asuntos comunes necesitan resolverse mediante el diálogo, la negociación y el acuerdo político.

Pero pareciera que nos creímos ese absurdo. Pareciera que pensamos que para construir sociedades prósperas y justas bastaba con propiciar la generación de riqueza, tener buenas leyes y votar periódicamente. Es evidente que no. Cada vez es más claro que la calidad de una democracia depende, sobre todo, de la calidad de su ciudadanía y que para su funcionamiento es imprescindible que un porcentaje de esos ciudadanos y ciudadanas desarrollen la pericia y la credibilidad social suficientes para ejercer el liderazgo en la gestión de los asuntos públicos.

Eso es lo que nos recuerda esta iniciativa que hoy se presenta, y que correctamente se define como una “incubadora de liderazgos”. Una incubadora es una tecnología en la que protegemos algo que es frágil, pero de una extraordinaria potencialidad: una vida nueva, de insospechado destino, capaz de multiplicarse en más vidas futuras, pero que, para dar sus primeros pasos, como toda germinación, necesita de abrigo, cuido y apoyo. Esa tecnología, ya probada en Renova Brasil, es la que, gracias a la buena voluntad de VélezReyes+, empezará a cultivar esas buenas semillas y plantas nacientes que, estoy seguro, existen en cada uno de nuestros cantones. Una maravillosa flora que hunde sus raíces en esta tierra; tierra que, si ha logrado 75 años de convivencia democrática ininterrumpida y niveles positivos de desarrollo humano, es porque ha dado a luz hombres y mujeres capaces de liderar, acordar y construir soluciones comunes.

¿Por qué no podría seguirlo haciendo? ¿Por qué tendríamos que creer que ahora estamos condenados al enfrentamiento permanente y a la parálisis colectiva? ¿Por qué pensar que los mejores años de nuestra democracia ya pasaron y solo nos aguarda la decadencia? Yo tengo fe en el futuro de nuestro país. No solo como Magistrado electoral, sino como profesor universitario de ciencias políticas, confieso mi ilusión con las nuevas generaciones… sí, esas que hoy más se abstienen de votar, pero que están llenas de ilusiones, energía y una visión del mundo más global que la de cualquier generación anterior de costarricenses. Esas nuevas generaciones que nos urge que encuentren en los espacios de participación política democrática, vías adecuadas para canalizar sus luchas, aspiraciones e intereses.

Como dije hace poco en la Cumbre de la Democracia, estoy convencido que la distancia de nuestros jóvenes con los procesos democráticos obedece más a cómo se están dando esos procesos, que a la democracia misma. Y lo digo porque aprecio una afinidad esencial entre la democracia y la juventud. Piénsenlo: el tesoro de la juventud, lo que nos hace valorarla tanto, sobre todo cuando ya no la tenemos, es el del futuro abierto, el de muchas posibilidades de vida y experiencias distintas por elegir. En ese sentido, podríamos decir que la democracia es como una pócima de la eterna juventud para los pueblos, porque, con cada ejercicio de votación, con cada elección, con cada proceso social de cambio, nos abre la oportunidad colectiva de reinventarnos, soñarnos diferente, levantarnos de pesadumbres y frustraciones y alzar la mirada con esperanza hacia un horizonte expandido.

Por eso no es casual que nadie tenga más y mejores razones para participar políticamente que las personas jóvenes. Sencillamente lo que ocurra con el país les repercutirá más, para bien o para mal, que a los ciudadanos mayores, pues presumiblemente es más larga la jornada que tienen por delante.

El futuro de nuestros pueblos es, sobre todo, el futuro de nuestros jóvenes. Sus muy variados proyectos de vida, lo que quieran hacer con el maravilloso don de vivir, estarán enmarcados, es decir, limitados o potenciados, por las condiciones que para desarrollarlos ofrezca el país. Condiciones que dependen, siempre, de la política. Todos nuestros rezagos como sociedad, que se convierten en opciones cerradas para las nuevas generaciones, pueden superarse políticamente. Pero, también, todo lo que le ofrece hoy nuestro país a sus ciudadanos que están por iniciar la vida adulta, se puede perder políticamente.

La buena noticia es que, lo que sea que vaya a pasar, no está escrito en piedra ni determinado por el curso de los astros. Está en nuestras manos y en las de nadie más. Y yo sueño con una nueva generación de costarricenses que asuma ese reto de hacerse dueños de su propio destino. Sueño con que +Costa Rica se convierta en el gran catalizador de esa cosecha de nuevos liderazgos que, desde distintas ópticas políticas, representativas de la rica pluralidad de nuestra nación, quieran aportar, involucrarse e incidir. Sueño con que esa sangre nueva, músculos fuertes y mirada fresca, renueven la vitalidad de la más longeva y estable de las democracias de Iberoamérica y le den así, a los hijos de esta tierra, el futuro de paz y libertad que sé que todos queremos.